Cogí una risa con mi mano, una risa cualquiera y la lancé sobre mis penas.
Me sentí tan sola, tan vacía y despojada que nunca más pude llorar.
Cogí una risa que ni siquiera era mía y todo mi llanto se hizo piedra, abismo, eco, ausencia y nada.


Cansada la vida, tambaleante,
encontró su lecho y se dejó llevar.
Cansada se subió a una ola,
alcanzó la espuma y comenzó a viajar.
Llena de vida, encarnecida, se fundió con luna,
nos dejó al borde y descansó en el mar.
Este es el cuento para el cual se inventaron todas las palabras, las palabras que corren entre riscos, aquellas que cayeron desde acantilados, las que solo se pensaron y jamás se pronunciaron, las palabras de los mudos y aquellas que en boca de poetas y malvados se quemaron.
Es el cuento completo de todos los tiempos, de todos los hombres, del día en que Dios hizo la luz y el día del gran juicio, de aquel que se llamó “final”.
Este es el cuento que quiero contar encerrada en la torre de Babel y sólo me falta una sola palabra que en mi orgullo perdí.
